miércoles, 29 de junio de 2011

Siendo madre de la madre

 Por Francis Bacon.





 "¡Pierre -me dijo-, mírame!
(...)
Lo que mi madre me decía me desgarraba.
(...)
-Eres demasiado joven -dijo-, y no debería hablarte, pero debes a fin de cuentas preguntarte si tu madre es digna del respeto que le tienes. Ahora, tu padre ha muerto, y estoy harta de mentir: ¡Soy peor que él!
(...)
Más tarde, me diría esa frase de mi padre: "Déjamelo a mi". Ese fue el deseo de mi padre, al comprender que, para mí, mi madre era intachable y que debía permanecer así a toda costa. Su muerte hacía intolerable este acuerdo.  Y, en el desconcierto que siguió, ella cedió a la tentación de mostrarse inmunda a mis ojos, como se complacía en mostrarse siempre que se entregaba.
 -Querría-y con ella expresaba el legado que, al envenenarse, ella me dejó-, que  me quisieras hasta en la muerte. Por mi parte, te quiero ya en la muerte. Pero acepto tu amor a condición de que sepas que soy  repugnante y de que me quieras sabiéndolo".



En la escena, el parto distinto y necesario. La madre que, desgarrando a su hijo, re-nace a través de él.
La figura materna de Bataille no sólo busca liberarse de la manera más honesta de ese papel que circunstancialmente le ha tocado desempeñar, sino, con ello, libera también a su hijo de ese afecto pre fabricado prenatalmente que lo subyuga a ella, ese lazo que culturalmente les ha sido impuesto desde antes de conocerse incluso. Porque los roles ya restringen cualquier posibilidad de existencia de un sentimiento auténtico entre ellos. Los roles constriñen y amoldan culturalmente los afectos y los perpetuan en serie. Por eso la muerte en la escena, la revelación y el nacimiento. La muerte de estos códigos prestados y anacrónicos (porque vienen de contextos culturales anteriores), la revelación de una nueva forma de amarse fuera de los códigos y el nacimiento de una relación en libertad (es curioso que en el relato la madre se sienta repugnante al hacer uso de su libertad y que, aun así, se empeñe en hacer uso de ésta porque así esa libertad tiene el valor agregado de ir, no sólo contra la sociedad, sino, contra sí misma para vivirse). Claro que madre e hijo pueden amarse, pero en terrenos distintos a los de ese  pre afecto heredado y perverso.

"Mi madre" (fragmento), Georges Bataille.

domingo, 26 de junio de 2011

Cero

“…Así el color de la memoria
será un retrato desvaído de la in-memoria,
un borrón afiebrado          un cuento
de revoltura entre vivientes y finados          tu cuento.

Por eso, abre los ojos / cierra los ojos          vuélvete mágica
que
entre lo que veas y lo que no veas
puede estar el sentido de esta iluminación, o sea,
tú ahí, parada sentada con una costura en la boca,
sabia y hermosa como las abuelas huilliches”
Delia Domínguez

Luego de asesinar al padre de su hijo y de abandonar a la criatura en un vagón de un tren al sur, regresó a la casa que no compartieron durante todo el tiempo que duró aquella fachada. Al ingresar, posó la mirada en cada objeto que poblaba ese sitio como de revista de decoración, aquella como “casa piloto”, pensó y decidió comenzar a hacerlo su hogar. Luego de quitar cada no recuerdo de los muebles, de los estantes, de los libreros, de las cómodas y de los veladores,  envolvió los más frágiles en papel de diario y los colocó dentro de unas cajas de cartón que se había conseguido en un almacén cercano. Los días jueves, recordó, pasaba el camión de la basura por el barrio. Horas antes de eso, puso las cajas afuera y sin poder ser observada, observó como los cartoneros fueron llenando sus triciclos con lo que debió ser su lámpara, “la lámpara prestada”, maulló. Anocheció.
La casa había quedado vacía y, por lo tanto, llena de posibilidades de habitarla. Pero ella no necesitaba una casa, necesitaba apenas un escalón, que circunstancialmente, quedaba dentro de la casa. Decidió contar los escalones que componían armoniosamente la escalera. Quiso contarlos en la medida que iba ascendiéndolos y se percató, ya en el quinto, cómo era que la escalera resultaba ser un objeto de esos que ella podía llamar revolucionarios por ese afán de ir, peldaño a peldaño, desafiando a la naturaleza. En total sumaban quince. Lo anotó. No bastó realizar estos cálculos sino, a esta acción, prosiguió la tarea de medir la escalera, que en su extensión alcanzaba los dos metros con cincuenta centímetros. Pensó que debía coincidir el escalón  ocho con el metro y veinticinco centímetros. Volvió a subir la escalera y se detuvo en el metro veinticinco centímetro que resultaba no coincidir con el descanso del peldaño ocho sino, estar en la contrahuella compartida por el piso ocho y nueve. Marcó el lugar donde los centímetros sumaban ciento veinticinco. Entonces, sintió cansada una de sus patas delanteras. Debía ser a causa de ese afán por escribir, por intentar registrar, y decidió no volver a escribir jamás. Ahora, lo que no pudiese quedar inscrito en su memoria felina, permanecería incorrupto sólo en su tiempo y no sería arrastrado, a partir de la letra, hacia un tiempo distinto a su existencia. No quería palabrear fantasmas.
Retrocedió al escalón seis para observar, desde allí, el ocho. Movió su cabeza peluda hacia un lado y hacia otro y su cola denotaba esa tensión de la decisión. Avanzó, con lentitud y elegancia, un peldaño y otro hasta llegar al escogido. Advirtió que el color amarillo de su pelaje contrastaba hermosamente con el café oscuro de la escalera. Conformarían, a los ojos de todos, un ser verdaderamente agraciado. La huella octava era lo bastante grande como para soportar el cuerpo redondo y breve de la gata. Procedió a lamer su pata izquierda para luego pasarla con ahínco por detrás de su oreja. Pese a que lo intentó, su pata derecha no pudo limpiar efectivamente la otra. Se acostó y levantando una de las traseras, pasó su áspera lengua recorriendo toda esa ágil estructura que componía su cuerpo. Esta tarea debió de durar unos treinta minutos. Siendo ya medianoche se durmió ronroneando.
Aunque pasaron días y noches, días y semanas, noches y meses, semanas y años, la gata continuaba durmiendo mientras la escalera se iba llenando de velitas encendidas, botellas con agua y notas de agradecimiento.

jueves, 23 de junio de 2011

El arte ratuno de desestabilizar los códigos

Me gusta esta situación por esa inversión de roles que permite leer, entre muchas cosas, una actitud radical y convencida por parte de la rata (¡por dios, las cosas que escribo!) por ir, no sólo más allá de lo que su naturaleza le dicta, sino, irse derechamente al lado contrario de ésta! Decías que los gatos eran más humanos por esa actitud pusilánime, temerosa. Yo insisto en que el arte de ir siendo humano tiene que ver con esa capacidad de reinventarse fuera de los códigos (genéticos, sociales, culturales, medioambientales, etc), de atreverse a ser algo distinto a lo pre supuesto, de arrancar, victorioso, de todo lo previsto, de fugarse (de todo sistema) para poder ser lo que se quiere realmente ser.
Por eso la rata. Por su empeño, a saltitos (jajajajaja), de ir desestabilizando y reinventando los códigos. Porque siempre hay algo que se escapa de la biología, la filosofía, la literatura, la química, la física, etc...


*  =)))
**  =))...   ---->Con mis babas felinas.

Jugar a(l) escribir/escribir al jugar




"Otra de las deleitables paradojas de Ejercicios de estilo es su carácter de "desliteratura". Por supuesto, como no podía ser de otro modo, se trata de literatura hecha y derecha, pero juega con la ficción de ser proyecto de literatura, ejercitación, borrador, literatura haciéndose ante al lector (rescatar!!!). Nos hallamos en pleno dominio de lo que Johan Huizinga llamaba, en su clásico estudio, el homo ludens. Lo cual no deja de chocar con las concepciones más tradicionales de la seriedad literaria."Preocupada únicamente -apostilla George Perez- por sus grandes mayúsculas (la Obra, el Estilo, la Inspiración, el Genio, la Creación, etc), la historia literaria parece ignorar deliberadamente la escritura como práctica, como trabajo, como juego".
Del prólogo de Antonio Fernández Ferrer a  los "Ejercicios de estilo" de Queneau.

Los juegos literales atentaban contra la relación de los elementos del signo (entre nombre, objeto y concepto), no era simplemente un invertir sílabas por invertir, comenzar todas las palabras con una misma letra por comenzar, sustituir un sustantivo por el séptimo que le siguiera en el diccionario, etc. Es decir, el juego iba siempre más allá del juego mismo (como desafío, por ejemplo). Se trataba de jugar a desestabilizar los códigos literarios, en el fondo.

lunes, 20 de junio de 2011

Cyrano y sus ejercicios de estilo




Existen algunos antecedentes a los "Ejercicios de estilo" de Queneau, pero éste me ha gustado mucho por su sentido del humor y el juego (y el placer del juego, que parece haber abandonado al escritor (grave/serio/solemne/importante/político/autoridad/pedante/repulsivo/Borges/y otrxs) para ir a posarse sobre el receptor, cuando a mi me parece que si el ejercicio escritural no es placentero en su origen, no podría producir un verdadero placer en el lector). La escena representa la respuesta que Cyrano le da al vizconde luego de que éste lo ha insultado por el tamaño de su nariz:
"Eso es muy corto, joven: yo os abono
que podíais variar  bastante el tono.
Por ejemplo: Agresivo: "Si en mi cara
tuviese tal nariz, me la amputara."
Amistoso: "¿Se baña en vuestro vaso
al beber, o un embudo usáis al caso?"
Descriptivo: "¿Es un cabo? ¿Una escollera?
Mas ¿qué digo? ¡Si es una cordillera!"
Curioso: "¿De qué os sirve ese accesorio?
¿De alacena, de caja, o de escritorio?"
Burlón: "¿Tanto a los pájaros amáis
que en el rostro una alcándara les dáis?"
Brutal: "¿Podéis fumar sin que el vecino
-¡Fuego en la chimenea!-grite?" Fino:
"Para colgar las capas y sombreros
esa percha muy últil ha de seros."
Solícito: "Compradle una sombrilla:
el sol ardiente su color mancilla."
Previsor: "Tal nariz es un exceso:
buscad a la cabeza contrapeso."
Dramático: "Evitad riñas y enojo:
si os llegara a sangrar, diera un Mar Rojo."
Enfático: ¡Oh nariz!... ¿Qué vendaval
te podría resfriar? Sólo el mistral."
Pedantesco: "Aristófanes no cita
más que a un ser sólo que con voz compita
en ostentar nariz de tanto vuelo:
el hipocampelephantocamelo."
Respetuoso: "Señor, bésoos a la mano:
digna es vuestra nariz de un soberano."
Ingenuo: "¿De qué hazaña o qué portento
en memoria, se alzó este monumento?"
Lisonjero: "Nariz como la vuestra
es para un perfumista lista muestra."
Lírico: "¿Es una concha? ¿Sois tritón?"
Rústico: "¿Eso es nariz o es un melón?"
Militar: "¿Si a un castillo  se acomete,
aprontad la nariz: ¡terrible ariete!"
Práctico: "¿La ponéis en lotería?
¡El premio gordo esa nariz sería!"
Y finalmente, a Píramo imitando:
"¡Malhadada nariz, que, perturbando
del rostro de tu dueño la armonía,
te sonroja tu propia villanía!""

* Ronroneando para el gato que me maulla al oído "uaiM/becries"...
**Y otros que supieron jugar/jugársela, para gato on fire!

viernes, 10 de junio de 2011

Toc Toc

"Claro que voy a mirarle las almendras de bien cerca, sobre todo ahora que sé que  ni su papá ni su mamá están en el 2ºpiso. Que mire que si baja a toda y me abre yo le digo que vaya y se moje bien el pelo y que después me lo traiga, y escoja los mechones que quiera y me los meta a la boca, que yo se los chupo todo lo que quiera, será cierto que nunca la he besado en la boca, pero apuesto a que ningún novio que ha  tenido usted le ha chupado el pelo, ¿o no? A mi también me gusta, no crea, le prometo que si me abre la puerta se lo chupo toda la tarde, se puede mojar el pelo las veces que quiera, que yo se lo dejo sequito mamita, ábrame la puerta. Puedo aprender a besar si quiere. Me lavo todos los días la boca con específico pa que no me vuelva a dar mal aliento. Me hago ver de un especialista, que me manden a ee uu a hacerme ver de la rasquiña, todo lo que usted quiera. Mire cómo es que yo utilizo mi bocabeso: es lo primero que le acerco, comienzo mordisqueando cautelosamente los labios inferior y superior, por turno, después respirar en toda esa tela que cubre tus senos elizabethtaylorianos, asentar allí las manos, a que crispas el cuerpo, a que me abres la puerta si te hago todo eso. Toc Toc."
Fragmento de "¿Lulita que no quiere abrir la puerta?", Andrés Caicedo.