I
Escribo desde este cuerpo impuesto, prestado, con fecha de caducidad desconocida, con límites más bien difusos, con un par de brazos tan torpes como el par de piernas que lo sostienen, con una boca tan deslavada como el rostro que la contiene. Este cuerpo que desconozco, que me hace la desconocida en cada uno de sus sistemas. Escribe.
II
Escribo desde la frustración. Escribo desde esas trizas que en algún momento conformaron todo un continente. Pienso que cada una de esas partes debería conservar en sus fronteras el recuerdo de la herida. En algún momento la herida servirá para reunir los pedazos, en algún momento la herida cicatrizará el continente. Escribo por la herida.
III
Si pudiera escribirme este cuerpo para hacerlo mío, lo haría. ¿Pero cómo hacer nuestro lo ajeno? No es la culpa la que me limita. Es el hecho de sospechar que no me bastará esta vida para extenderme dentro de él, desbordarlo hasta la exuberancia. Escribo, ya, desde ese fracaso.
Mi lugar, entonces, es la certeza de que no existe modo de entrar ni salir de él. Escribo desde ese lugar que no encuentra su lugar. Escribo desde ese paréntesis que se abre entre yo y mi cuerpo y que intento llenar con palabras que no hacen sino extender el paréntesis. Mientras más escribo, más me alejo. Las palabras no son puentes. Las palabras no son piedras entre un vacío y otro. Las palabras son un vacío disfrazado de sentido.
IV
Mi cuerpo no soporta el peso de esta existencia. No existe un cuerpo que soporte el peso de esta existencia que no acaba por existirme. Apenas existo. Menos (me) soy en ella. Ella no soy yo aunque me espere en la otra vereda del espejo. Ese cuerpo extendido sobre la calle no es mi cuerpo. Mis manos están llenas de espejos reflejando un continente fragmentado. Mis manos están llenas de mis venas, de mis huesos, de mis órganos heridos. Escribo desde esas partes. Algún día aprenderé a coserme todas esas partes al texto.
V
¿Qué soy sino una página que ya fue escrita sin mi? He llegado tarde a todo. La utopía de la página en blanco debe ser, de una vez por todas, impugnada. Escribo desde ese juego que consiste en llenar la página como si no supiéramos que bajo nuestras palabras, yacen otras. ¡Escribimos sobre tanta palabra muerta! Somos parte de una fosa común histórica. Basta escribir un poco para encontrar las osamentas de otros cuerpos. Basta escribir un poco para que mi mano, bajo tanta tierra, se estreche con otra. ¡Hemos comprado el mismo cuento tantas manos! ¡Y nuestras manos siguen empuñando ese vacío perpetuo! Escribo desde ese cuerpo que abraza el vacío por abrazarse a algo. Escribo desde el saber que mi lugar no es la página en blanco que jugamos escribir, ese espacio cómodo...
VI
Escribo después de que todo ha sido escrito. Escribo desde una mixtura que ya no reconoce su tipografía. Mi voz no se reconoce en ninguno de estos cantos que se cantan a través de mi mano. Mi voz es un puente sobre el que ha pasado demasiada agua. Mi voz no existe. No he perdido la voz que nunca tuve.
Mi individualidad no ha conquistado sus fronteras. Las palabras son, entonces, un montón de banderas en llamas incendiando cualquier esperanza de fijar un territorio propio, quemando cada piel de este cuerpo.
Escribo y transito sobre mi tumba. Toda escritura es epitafio.