"Si Kafka fuera mujer. Si Rilke fuera una brasileña judía nacida en Ucrania. Si Rimbaud hubiera sido madre y hubiera llegado a cincuentona. Si Heidegger hubiera podido dejar de ser alemán, si hubiera escrito la Novela de la Tierra. ¿Por qué cito todos estos nombres? Para intentar perfilar el terreno. Por ahí escribe Clarice Lispector. Ahí donde respiran las obras más exigentes, ella avanza. Pero, luego, donde el filósofo pierde el aliento, ella continúa, va aún más lejos, más lejos que cualquier clase de saber. Después de la comprensión, paso a paso, se adentra estremeciéndose en el incompresible espesor tembloroso del mundo, con el oído finísimo, alerta para captar incluso el ruido de las estrellas, incluso el mínimo roce de los átomos, incluso el silencio entre dos latidos del corazón. Vigía del mundo. No sabe nada. No ha leído a los filósofos. sin embargo, a veces juraríamos oírles susurrar entre sus bosques. Lo descubre todo"
(Hélene Cixous, La risa de la medusa)
"Hay una carta en que Clarice Lispector le confiesa a su amigo, el escritor Lúcio Cardoso, la pesadumbre de no haberle gustado el título de su segunda novela, La araña. Pero la carta dice más".
Exactamente por lo que no te gustó, por su pobreza, es que me gusta a mi. Nunca pude convencerte realmente de que soy pobre...; infelizmente cuanto más pobre, con más adornos me adorno. El día que consiga una forma tan pobre como yo lo soy por dentro, en vez de carta, creo que ya te dije, vas a recibir una cajilla llena de polvo de Clarice. Tal vez el título te parezca mansfieldeano porque sabes que últimamente he leído las cartas de Katherine. Pero creo que no. A las mismas palabras, les damos éste o aquel color. Entonces, si estuviera leyendo a Proust, alguien pensaría en una araña proustiana (¿por dios, iba a escribir prostituta!), en una de esas cosas nimias a las que él da tanto sentido sin darle ningún valor sobrenatural. Si estuviera oyendo a Chopin, pensaría que mi araña es una de esas de gran salón con caireles delicados y transparentes, sacudidos por los pasos de muchachas enfermizas y tristes, bailando. La maldición es que naturalmente yo llego al final, de modo que siempre estoy en lo que ya fue he hecho. Eso a veces me fastidia un poco. De modo que estaba leyendo Poussiére y encontré algo casi igual a lo que había escrito. Y ahora que estoy leyendo a Proust, me asusté al ver en él una de esas expresiones que había usado en la Araña, en el mismo sentido, con las mismas palabras. La expresión no es gran cosa pero ni siendo mediocre se llega a no caer en los demás.
Clarice Lispector.