Donde hubo un fuego, hay una hiena.
Todas tenemos una hiena en nuestra historia.
Todas hemos sido una hiena en otras historias.
En los campos de batalla
después de la guerra
nacen las hienas.
A las hienas no les gusta jugar
al juego de la guerra.
El campo de batalla titila en los ojos de las hienas.
No existe nada más atractivo que una contienda ajena.
Mientras más distante
más deseosa
¡si el deseo pudiera medirse en babas!
De todos los animales que existen
la hiena es la más deseosa.
Codicia solo lo suficiente para esperar su botín.
Su codicia es medida.
Es un animal paciente y temeroso.
No se expone
nunca.
Todo animal vencido
termina en las fauses de una hiena.
¿Para qué luchar? La hiena tiene un sentido práctico total.
Ese asunto de ser una heroína
no la convence del todo.
Deja que las demás se ensucien las manos
mientras ella observa
escondida
sus muertes
casi nunca con sentido
piensa
desde ese lugar seguro
su atalaya.
La hiena se siente inalcanzable.
Después de todo, nadie se disputa los restos.
La batalla embellece los cuerpos
enaltece el espíritu
reparte territorios
pero la hiena es fea y materialista.
Se complace en su frivolidad y pragmatismo.
Si la hiena tuviera un corazón
sería un corazón de plástico
reutilizable.
Si la hiena tuviera un corazón
sería indigna de su linaje de piedra.
Si la hiena tuviera un corazón
se lo arrancaría con sus propias garras
riendo.